Esta es una historia de amor entre mi profesora de matemáticas y mi compañera de curso, que comenzaron una relación amorosa cuando cursábamos cuarto medio; la cual dejo a mis compañeros y a mi marcados, puesto que no solo la relación se sabia entre sus mas cercanos, sino que hasta el director y la justicia se pronunciaron sobre esto.
Las Historias Escolares
jueves, 1 de mayo de 2008
Amor Extraprogramático
Logística
HISTORIAS DE COLEGIO
Comenzando el tercero medio, se nos informa desde la dirección del colegio que la asignatura de historia, no seria realizada por muestro profesor jefe, quién la había impartido desde nuestro primer año en el colegio. Se nos informo que para reemplazo llegaría una nueva profesora, la cuál nadie conocía. Sin embargo el rechazo hacía está nueva profesora fue generalizado por parte de todo el curso, el rechazo se justificaba debido a que el profesor marcos, quién era nuestro profesor jefe y antiguo Prof. de historia, era muy complaciente con todo el curso, sus clases eran una hora de recreo más que horas de estudio, este privilegio no lo teníamos con ningún profesor que nos impartiera clases y por ese motivo no nos hacia mucha gracia la posibilidad de perder esta pequeña libertad. Fue así como el curso en general se motivo para mostrar nuestro rechazo en la medida tomada.
El primer día de clases con el nueva profesora, se decidió que llegaríamos todos temprano y la esperaríamos dentro de la sala, ordenados y callados mientras en la pizarra se manifestaba nuestro rechazó hacia el cambio de profesor. En la pizarra habían frases tales como: Vuelva por donde vino que la historia la hace el Prof. marcos, o bienvenido profesor marcos el curso esta con usted. Al entrar la nueva profesora en la sala de clases, no pudo evitar leer la pizarra y su cara cambio de tal forma, que por lo menos yo, me sentí culpable de aquellas frases que indicaban claramente que no la queríamos. La respuesta de le profesora no se dio a esperar ella muy orgullosa, pero estoy segura que casi apunto de llorar nos dijo clara y firmemente.: yo soy la nueva profesora de historia y al que no le guste puede salir de la sala de clases. Aquellas palabras cavaron tal sentimiento en algunos de mis compañeros que los más osados se pararon y se fueron de la sala, y por esas cosas que solo se dan en el colegio, poco a poco la gente empezó a salir, y uno por uno fueron dejando la sala bacía, pero con aire airoso y firme en lo que creíamos que era lo correcto, en pocos minutos todo el curso estaba en el patio central sin saber que hacer pero firmes en nuestra decisión.
Aquella muestra de rechazo hacia la profesora nos costo una anotación negativa generalizada, el rechazo de todo el cuerpo docente del colegio, un reto del profesor jefe y la tortura de la nueva profesora de historia por todo el resto del año.
Operación Newton
No solo la falta de comprensión –que caracteriza a una gran cantidad de jóvenes- con relación a las formulas y procedimientos utilizados por la Física, sino también, la búsqueda de aquella siempre necesaria gota de rebeldía característica de los adolescentes, es lo que llevó a un selecto y reducido círculo de amigos –en el cual, yo estaba incluido- a incurrir, quizás, en uno de los delitos más comunes en el cual un alumno puede caer dentro de su etapa escolar, me refiero a la falsificación.
Todo comenzó en el momento en que nuestras calificaciones progresaban significativa y estrepitosamente hacia el suelo. Corrían ya vientos otoñales, era el mes de mayo y eso –para nosotros- significaba algo muy importante, el término del primer trimestre de nuestro último año de la etapa escolar. Sí, cursábamos cuarto medio, y aún no teníamos conocimiento alguno de la forma por la cual era posible resolver un simple e inofensivo problema relacionado con Fuerza, masa, velocidad, o cualquier otro factor de calculo físico. En definitiva, fueron cuatro años en los que el esfuerzo hecho por nuestro profesor fue total y absolutamente en vano. No había caso, éramos unos ineptos en la materia.
El término del trimestre significó para nosotros un momento crucial, la situación era insostenible, teníamos pleno conocimiento que nuestras aptitudes cognitivas relacionadas con la Física no las podríamos desarrollar en un par de meses, teniendo en consideración que nisiquiera lo habíamos hecho en cuatro años. Si manteníamos ese promedio de calificaciones –en el cual, matemáticas también se encontraba en cifras rojas- era muy probable que a finales de año tuviésemos que afrontar una situación de repitencia, y para nosotros, alumnos de cuarto medio, aquello no era una opción. Por lo tanto, debíamos hacer algo.
Luego de analizar la situación se llegó a la conclusión de que la batalla se debía dar en dos frentes, el primero en contra de los cursos de matemáticas, esta se debía librar de manera trasparente y limpia. Dedicaríamos horas de estudios y acordamos reunirnos como grupo para prepararnos para las pruebas. Teníamos confianza de que lo podríamos superar. Quedaba ahora nuestro punto crítico, era de pleno conocimiento que aunque dedicásemos jornadas completas de estudio seria imposible revertir la situación de Física y para ello, ya se había tomado una decisión.
En cada semestre eran cinco las notas con las que nos calificaban, tres de estas pertenecían a pruebas, y para superarlas la única opción era mediante la copia indiscriminada. Pero, no bastaba con copiar de una manera común, se debía ser más sofisticados, no debía quedar ningún espacio en blanco, todo debía estar planificado, desde los bancos en que nos ubicaríamos hasta los medios de comunicación a utilizar –en ellos, incluíamos celulares, calculadoras, espejos, señales de manos, voces de alerta, torpeos, etc.-Una cuarta calificación correspondía a un taller que se desarrollaba en clases y que se podía finalizar en casa. Resolver esta situación no nos resultó complejo, la posibilidad de estar en nuestros hogares nos permitía utilizar diferentes medios para resolver los problemas, podíamos recurrir a libros, Internet, etc. A esta, la veíamos como la nota en la cual no se podía fallar, era una ventaja que nos entregaba el enemigo y esa ventaja sin lugar a dudas debía ser aprovechada. El punto critico de la operación –que dentro del transcurso la bautizamos como Operación Newton- se encontraba en la quinta calificación. Para acceder a esta se debía semanalmente cumplir con la resolución de interminables guias de ejercicios, las cuales, se debían presentar en el cuaderno correspondiente al curso, luego de esto el profesor las examinaba –rápidamente, puesto por puesto- y las condecoraba con un timbre que llevaba su nombre y profesión. A final de cada trimestre, si tu cuaderno poseía estampado siete timbres accedías automáticamente a la máxima calificación, la cual, para nosotros, podía significar la salvación.
Gran problema el que debíamos afrontar, primero, nunca tendríamos la capacidad intelectual para desarrollar aquellas guias y segundo, tampoco teníamos las ganas para hacerlo. Luego de meditarlo profundamente llegamos a la conclusión de que necesariamente debíamos falsificar aquel timbre. El plan era el siguiente. Debíamos conseguir un cuaderno que tuviese aquella preciada marca, llevarla donde un experto y obtener la copia. Al obtener el timbre falsificado, no deberíamos esforzarnos semana a semana por resolver los fastidiosos ejercicios, teníamos la posibilidad de esperar hasta cada fin de trimestre y conseguirnos ya todos los ejercicios resueltos, copiarlos en nuestro cuaderno para luego proceder a timbrarlos. Frente a esto, sonaría lógico hacerse las siguientes preguntas ¿por qué no solamente conseguir los ejercicios resueltos, copiarlos semana a semana y luego presentarlos al profesor y obtener un timbre verdadero, por que tener que esperar hasta fin del trimestre para realizar la falsificación? La respuesta es muy sencilla, nadie en nuestro curso era lo suficientemente aplicado como para llegar con los ejercicios resueltos desde su hogar y luego contar con el tiempo suficiente para entregar noblemente al curso su esfuerzo intelectual. Las guias siempre eran terminadas muy poco tiempo antes que comenzara la clase y por lo mismo nos veíamos imposibilitados de poder realizar la copia. Además, el esfuerzo que ponían nuestros compañeros por resolver los problemas los convertían en seres llenos de mezquindad, no estaban dispuestos a compartir sus logros con el resto del curso, ellos nos calificaban como holgazanes y despreocupados de nuestros deberes académicos –lo que era una gran verdad-.
Para conseguir el timbre debíamos reunir una pequeña suma de dinero. Para nuestro grupo nunca el dinero fue lo importante, estabamos dispuestos a realizar cualquier estupidez con tal de acceder al timbre. Cuando finalmente lo tuvimos en nuestras manos –luego de una larga semana de espera- nos sentíamos realmente bien, no solo por el hecho de que gracias a él nuestro plan avanzaba substantivamente, sino que también, por el hecho de estar incurriendo en una falta. Una falta, que dentro de cualquier comunidad educativa es considerada gravisima, y que no solamente en el terreno educacional sino que por la sociedad en su conjunto. Para nosotros incurrir en la falsificación era algo digno de alabar, realmente nos sentíamos bien.
El frío mes de agosto fue testigo fiel de los sucesos de falsificación en que incurrimos, habíamos logrado superar las pruebas y trabajos –todo gracias a nuestra guerra sucia-, pero aun quedaba una última batalla, se acercaba la finalización del trimestre, y por ende, la revisión de los timbres. El sacar a escondidas un cuaderno, para luego fotocopiarlo y de esta manera acceder a la información que se requería –los resultados de los ejercicios- a esa altura ya era un dato mas a nuestra fraudulenta causa. Una vez copiados los ejercicios, decidimos en pro de nuestra seguridad y de la operación, no poner la máxima cantidad de timbres, solo nos bastaban con cinco o seis. No queríamos levantar sospecha alguna de nuestra conspiración.
Cuando el profesor comenzó la revisión estabamos realmente nerviosos, después de todo, durante todo el trimestre no habíamos presentado tarea alguna, y además, al color de la tinta que utilizamos en nuestros timbres era un tanto más oscura que la original –la paranoia nos corrompía-. Cuando el primero de nosotros presentó su cuaderno y el profesor lo calificó con un seis, todos volvimos a respirar. Todo salió según el plan, la falsificación había sido todo un éxito.
Aún nos quedaba por ejecutar la segunda parte de nuestro plan, el último trimestre de aquel año fue realmente caótico, dentro de nuestro curso creció considerablemente el espíritu de compañerismo, teníamos un fin en común, todos debíamos aprobar, no se permitirían bajas, ¡Vamos que se puede! Era la consigna oficial. Esto nos llevó a tomar nuevas decisiones, nos dimos cuenta que no solo nuestro reducido círculo necesitaba de la ayuda de aquel falso timbre, eran muchos los que pasaban por una situación igualmente critica a la nuestra. Hasta ese entonces la compartimentación de la información era un principio inquebrantable para nuestro grupo, pero la situación nos llevó a ser publica nuestra adquisición. Comenzamos a repartir timbres como nunca lo habíamos hecho, incluso nuestra obra benéfica llegó a otras latitudes, hordas de jóvenes ajenos a nuestro curso se vieron beneficiados con aquel bendito retoño de la falsificación y la mentira.
Nuestro objetivo fue cumplido cabalmente, logramos aprobar el ramo, aunque no con grandes calificaciones, pero aquello no importaba, nunca pretendimos ser los alumnos estrellas del curso, nada de eso. Solo buscamos salvar nuestro pellejo, uniendo un poco de mentiras y acción.
La esperanza de los tontos
Estaba esta joven mortal cursando tercero medio cuando, cierto día, le toco una prueba para Lenguaje y Comunicación, acerca de “Cien años de soledad” de Gabriel García Marqués.. La prueba consistía, básicamente, en relatar el texto de manera argumentativa.
Hasta ese entonces no hubo mayores problemas, todo parecía marchar sobre ruedas-para mis compañeros en todo caso- cuando, desgraciada y accidentalmente, un avión de papel cayó en medio del libro que el profesor estaba leyendo en eses momento. Lo que ocurrió desde ahí es fácil suponer, lo abrió, y descubrió de lo que se trataba. Asimismo explico las sonrisas veladas y las miradas apenas perceptibles a su perspicaz visión.
Él amenazó con suspender al autor de aquel “torpedo” y, como es natural, sentí que estaba a segundos de que las penas del infierno cayeran sobre mi; puesto que, por desgracia, mi letra era sumamente reconocible. Sin embargo, mantuve la esperanza de que, al menos, mis compañeros me apoyarían, mal que mal, me metí en eses brete por intentar ayudarlos pero, cual no seria mi sorpresa al sentir que un compañero se puso de pie y me señalo, diciendo que ese era solo uno de los tantos que yo-infame autora material e intelectual- había puesto a circular por la sala de clases. No termino de hablar y, lentamente, uno por uno, cada uno de mis restantes compañeros se puso de pie achacándose a si mismo la responsabilidad del “torpedo” (los otros desaparecieron por arte de magia). Esto, a pesar de que todos sabían de que era prácticamente imposible que el profesor, a esas alturas del año, no supiese identificar sin mayor dificultad a quien pertenecía la letra.
Humillación y desentendimiento
Era una tarde de primavera, en un curso de primero medio, y nos encontrábamos en una clase de educación física, para comenzar el rutinario de siempre: cambiarse de ropa en el camarín, (la cual nos acortaba el recreo, ya que al profesor le gustaba que apenas sonara el timbre estuviéramos cambiados) para luego trotar alrededor del gimnasio; sin embargo esa vez ocurrió algo distinto, y que era que el profesor no quería hacer clase, y solo nos dedicamos a jugar. Es aquí a donde a mis compañeros de curso, se les ocurrió una idea, la cual era tomarle la chaqueta del colegio de un compañero de iniciales F. D. F. Sin pensarlo otro compañero de iniciales M. C. le saca la chaqueta del colgador del camarín y la empieza a pisar, luego de esto los demás empiezan a caer en el juego, volviéndola a pisar. Después de esto, algunos la escupen, y terminan llevándola al baño, ahí toman la chaqueta y limpian los inodoros con esta, luego uno la lleva al urinario y empieza a orinar sobre ella, no bastándole esto la llevan de vuelta al gimnasio en donde el profesor se entera de lo que estaban asiendo, pero este les dice que aprovechando que la chaqueta esta húmeda podrían trapear el piso del gimnasio, lo cual ellos no dudaron en hacerlo, y pasaron la chaqueta por un cuarto de este. Sin quedar satisfechos, y mientras el profesor se reía del hecho, mi compañero M. C. sube la trepa y la deja arriba de esta; pero al profesor eso no le pareció bien y dio la idea que subieran por una escalera de fierro que había, y llegando al techo del gimnasio la colgaran ahí; y dicho y hecho, y así fue.
A todo esto, el tiempo en que duro la broma fue de unos 30 minutos, en los cuales el afectado, se encontraba hablando con un profesor, porque tenia problemas con una nota; al regresar al gimnasio no encontró nada raro pero si después de la clase, o sea al salir del camarín que su chaqueta no estaba, de ahí el profesor lo llama y le indica donde esta, mi compañero se enfada y le pide que haga algo, el profesor le contesta que si, y que va hablar con los alumnos; de ahí mi compañero sube la escalera rescatando su chaqueta y dejándola en la bolsa donde traía su toalla, claro esta que esto en medio de burlas, que emitían sus compañeros, y otros alumnos que estaban en el gimnasio, en donde el profesor no hizo nada para parar las burlas
Luego de unos días, el profesor no dice nada, y mi compañero tampoco, a excepción que su apoderado, su madre, fue a reclamarle al rector (ya que este es un colegio católico) el cual dice que como no aparecen los responsables y por esto no puede hacer nada. Quedando esta historia sin ninguna solución.